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Diego de Velázquez. Felipe IV, a caballo, hacia 1635
Museo Nacional del Prado, Madrid
Si posamos el cristal de aumento sobre esta pintura ecuestre destinada al Salón de Reinos descubriremos dos cosas: una hoja en blanco en la esquina inferior izquierda y el orgullo y la ironía de Velázquez en todo su esplendor.
Este recurso pictórico, conocido por el término italiano cartellini, era habitual para alojar la firma del pintor. Pero, ¿por qué en este caso está en blanco?
Pues sencillamente porque Velázquez no consideraba necesario firmar sus cuadros; toda una declaración de intenciones para dejar claro que su estilo y calidad eran inconfundibles. Y, de paso, marcar distancias con su colega (y enemigo) Carducho, que sí utilizaba este recurso para firmar sus cuadros en un estilo de lo más pomposo y petulante.
Esta rivalidad entre ambos pintores es de sobra conocida. Carducho debió ver con recelo el ascenso de Velázquez en la corte, que se ganó rápidamente los favores de Felipe IV, retratado en esta imagen. El italiano dejó de ser el pintor más influyente de Madrid y acusó al sevillano de «sólo saber pintar cabezas», insinuando que no era capaz de elaborar composiciones complejas.